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ÓXIDO

 

El inspector Mauricio Cospedal pasa sus últimas horas en el cuerpo de policía coordinando la seguridad de la boda del hijo del presidente del gobierno, que no ha tenido mejor idea que casarse en esa ciudad de provincias en la que Cospedal ejerce como puede su labor policial justo el día antes de que este se jubile.
La ceremonia y el festejo en el Hotel Buda transcurren sin problemas. O esa es la impresión de Cospedal; al menos hasta que a la mañana siguiente acude a comisaría para despedirse y se encuentra con la cabeza del hijo del presidente del gobierno (ese hijo y esa cabeza que él debía proteger) colgando del gancho de una de las grúas del puerto. Que pasadas unas horas se descubra que ni siquiera se trata de una cabeza de verdad no soluciona que Cospedal se vea obligado a aplazar su jubilación. El hijo del presidente y su esposa siguen desaparecidos.

A partir de ahí, comienzan a llegar con cierta periodicidad envíos anónimos que consisten en imitaciones de miembros corporales y notas que avisan de que, por el momento, se trata solo de réplicas. Cospedal se encuentra ante una versión macabra del juego del ahorcado.

De la mano de Cospedal visitaremos antros subterráneos, conoceremos a un tipo que se la tiene jurada y que carga con la fama de comerciar con niños, sabremos de lo ocurrido la noche de bodas durante esa fiesta de disfraces en la que todos los invitados amanecieron con una resaca no solo de alcohol, y, sobre todo, conoceremos los procedimientos de un tipo oscuro que se hace llamar a sí mismo El Artista, y cuya obra consiste en lo que se conoce como plastinizar cadáveres.

EL RUIDO

 

Conocí a Alexander cuando su padre compró la casa en el sur de Francia. Desde el primer momento supe que huía de su país, al igual que tiempo antes hui yo del mismo lugar desde el que ellos llegaban. Les servía de mozo para todo. El padre de Alexander había decidido no volver a hablar con nadie, nunca más, ni siquiera con su hijo. Desde luego, en ningún momento les escuché proferir una palabra, a ninguno de los dos. Una mañana, una tarde, quién sabe, el padre desapareció. A los pocos meses, también Alexander abandonó la casa.

Cuando la fotografía del chico mudo inundó los periódicos y los informativos por el asunto del atentado, decidí seguir sus pasos, el rastro de sus huellas, intenté entender qué había ocurrido. Supe de sus pocos contactos, y de cómo alrededor de él se creó ese grupo de desclasados que se hacían llamar, de forma pomposa, los apóstoles. Se decía que todos ellos tenían algo en común, que no podían vivir sin ruido, y que esta extraña necesidad les llevó a hacer lo que hicieron.

Fui tras Alexander, aunque ahora sé que se trataba solo de una disculpa para regresar, para volver a mi particular Ítaca, para aceptar lo que había hecho, lo que intentaba olvidar. Por más que algo así no se olvide, por más que las imágenes de mi mujer, quieta a mi lado, inerte, me invadían en sueños y en vigilia.

Fui tras Alexander, como intentando darle caza, por más que no se puede ir tras lo que no existe, por más que fue él el que, al final, dio conmigo.

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TRAPECIO

 

«Me llamo Sálomon Parca. Si conocen mi nombre sabrán que asesiné a toda mi familia. Uno por uno. Para algunos soy un héroe».

Obra finalista de la Segunda edición del Premio «Gregorio Samsa» de Novela Breve de Ápeiron Ediciones

Sálomon Parca abandona un circo en decadencia, una particular parada de monstruos y de freaks que no se acomodan al signo de los tiempos. Bajo esa carpa que ayuda a levantar cada día ha ocurrido de todo: un domador atacado por sus leones, un forzudo vencido por su propio hijo, unas siamesas que se pagan una operación para separarse, y hasta un payaso que se sube al trapecio para encañonar desde las alturas al respetable. Por si fuese poco, Sálomon Parca desea dejar atrás, también, una serie de extrañas desapariciones. Para ello se retira a un pueblo que lo acoge y donde pondrá en práctica su talento convirtiéndose en algo a lo que podría llamársele carnicero. Hasta que la familia del circo vuelve a por él y alguien llega para pedirle cuentas. Trapecio bebe de esa extraña bruma kafkiana, de la prosa desatada de Thomas Bernhard, de la superposición de voces de Faulkner, del flujo de conciencia de Joyce. Trapecioes un compromiso con la literatura. Una deconstrucción de las historias de asesinos en serie.

Tienes en tus manos el diario apócrifo de Laura Palmer, un diario en el que, como comprobarás, nada es lo que parece. Se trata de una historia en la que no te podrás fiar de nadie, ni siquiera de la voz que te habla, ni siquiera de esa mano que conduce la historia.

El motor del relato es la desaparición de algunas hojas del diario de Laura Palmer, de esas hojas arrancadas que podrían esclarecer las circunstancias de su muerte.

Aquelarres algo descafeinados en mitad del bosque, un príncipe obsesionado con ser otra persona, amigas de las que es mejor no fiarse, un padre perverso, una madre que prefiere mirar para otro lado, libros sobre conjuros antiguos y brujas de otra época, una caja repleta de objetos extraños…

Los hechos son duros, seguro que en ocasiones demasiado. Pero el cometido de la literatura no radica en camuflar la realidad. Abusos, drogas, sexo, miedo, traumas; todo eso está ahí. No es el objetivo remarcarlo ni ocultarlo, sino ceñirse a lo que se ha encontrado en este diario, en el diario en el que Laura Palmer nos ha permitido entrar.

Aunque basado en el personaje central de la mítica serie Twin Peaks, se trata de una creación autónoma que toma personajes y situaciones de forma libre. El texto adopta la forma de un diario disperso, reescrito, fragmentario; con diferentes grafías y tipos de letra; con huecos y sobre-escritura. Estamos en terreno literario, así que no se trata tanto de desvelar un misterio como de ir desenmarañando los hilos de las voces que se entrecruzan en el texto. 

 

«Cuando Laura descubre a Bob -el hombre que como regalo de cumpleaños la viene violando alguna que otra noche desde que cumplió los dieciséis-, cuando le sorprende husmeando tras la cómoda, encogido y chepudo, protegiendo la mirada de sus ojos rojos tras la sonrisa cuarteada de demente -y hasta que gritan, con toda su boca gritan Bob y ella, ella y Bob-, lo único que le preocupa es que él entre allí incluso cuando ella no está.»

Es Literatura con mayúsculas; por tanto puede decepcionar, desde luego, a quienes estén acostumbrados a la literatura con minúsculas, más banal y centrada en el puro entretenimiento. Carlos Segovia es un nombre a retener, al menos para mí.

Braulio Llamero acerca de Las vírgenes necias en Virutas y hojarascas. 

 

La mente de Carlos Segovia ve la vida y sus acontecimientos a través de un prisma en absoluto dorado, tampoco derrotista, simplemente crítico y sincero, y por ello le agrada poner  el dedo sobre la llaga de esa porción de sociedad anodina y de culturalidad concupiscente. 

´Úna Fingal acerca de Mi padre, ese idiota en Sapphirus Liber.

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